Antídoto musical contra todo mal

Cuando se los escucha por primera vez algo se produce, como un ruido interno, como un cascarón que se rompe para que nazca otra forma de escuchar la música. Gabo Ferro y Luciana Jury son de ahora, pero suenan como si vinieran de muy lejos.

Por Gabriel Plaza para La Nación

almas gemelasEl veneno de los milagros es esa poción mágica para morir a lo viejo definitivamente, es el antídoto musical para cualquier mal. Son canciones de dos trovadores contempóraneos: valses rotos, aires de fado a la deriva, psicodelia acústica y milongas en la frontera de todo. Son once canciones talladas por los milenios. “Voy a cantarle a los gallos hasta que traigan el día/el día que traiga el sol del día aquel que te perdía” (“Una deuda del bien”). Canciones luminosas que emergen del fondo de la tragedia. “Dos serpientes me saben cuidar/me acompañan cuando entro a este mar de recuerdos, de veneno y sal/todo fondo es el fondo del mal” (“En el fondo del mal”). Canciones para la expiación. “Ay santito de las flores, hoy te pido para mí! Quiero ser lo que he reído, no sólo lo que sufrí”. (“Estamos, estarás”). Canciones que rompen con la monotonía de la relación espacio-tiempo. “Donde veas mi cuerpo nunca estaré/donde suene mi voz ahí es donde estoy(…)/la verdadera fuerza te hace fuerte si sabés/donde está, como es, cuándo fue y para qué/en el presente se és cuando el futuro se fue” (“Cuando el futuro se fue”). Canciones que construyen fábulas ocultas detrás de los espejos de la realidad. “Los tigres andan sueltos en pliegues y en abrigos/la abeja reina sirve la aguja del pino/Golpeaste tanto el suelo, que salieron a abrirte y te tragó la tierra de un solo gesto simple/Entonces tragué espejos para hacer laberintos/para hacer infinitos de cosas buenas y malas” (“El extrañante”).

Cuando entrás al mundo de El veneno de los milagros, se cruza una barrera, un portal. Todo el álbum, grabado en un estudio en Calafate, es como una extraña, larga y atrapante canción como “Cantata de los puentes amarillos” de Spinetta: es cruzar un abismo tras otro y salir ileso. La voz susurrante de Gabo, la voz en agonía de Luciana, las guitarras de tono dominante, el lirismo de los poemas, el desgarro, la exhuberancia, el extrañamiento, lo primal y lo delicado, que aparece desde el primer tema, “Una deuda del bien”, funciona de disparador conceptual de todo el disco.

El ying y el yang de estas energías generan una musicalidad en perfecto equilibrio. Está la tormenta y está el sosiego. Está la primera canción rock y está el folklore. Está el veneno y el antídoto milagroso. Todo forma parte del estado de anímo de estas canciones. Gabo lo hace de nuevo. Su voz épica viene de la historia y del futuro. Luciana Jury encuentra a su mejor dramaturgo para esta obra criolla y su decir atronador, galopeadora contra el viento como decía Yupanqui.

Si la música popular es la de las grandes duplas poéticas, el dúo que conforman Ferro y Jury tiene la fuerza de un trueno y la delicadeza de una flor. Gabo crea esa densidad poética para sumarse al quejío de Jury. Gabo parece un poeta afiebrado como Quiroga. Jury parece una china colérica que viene del tiempo de Juan Moreira.

El dúo prueba que otras letras pueden ser escritas y cantadas. Una canción con misterio, como una cajita china, donde emergen el amor, el olvido, el dolor, el tiempo, la fe, el odio, el perdón y la historia: paisajes intensos, senderos angostos y surreales como en “Sin ley, peso ni carne”.

Gabo y Luciana tocan la guitarra y cantan a la orilla de un descampado con un cielo estrellado de fogatas infinitas. Desde el presente, cantan al amanecer y al crepúsculo una melodía envenenada que viene del inicio de los tiempos. No los unió el espanto, sino el milagro de la canción.

El veneno de los milagros: Una deuda del bien; Estamos, estarás; En el fondo del mal; Cómo y otros.(Oui Oui Records).