Bien de familia

Hija de Jorge Zuhair, sobrina de Leonardo Favio, Luciana Jury más que una descendiente es una heredera. Y en sus Canciones brotadas de mi raíz, demuestra con estilo lo que ella es capaz de hacer con ese legado.

Por Mariano del Mazo para Debate

bien-de-fmiliaEl comienzo es inmejorable: una sutileza flamenca, algo espectral, que va definiendo la armonía de Yo no sé qué me han hecho tus ojos, el vals de Francisco Canaro que registra la pasional y cruel relación que el compositor uruguayo tuvo con Ada Falcón, y que terminó con la cancionista recluida en un convento en el medio de las sierras de Córdoba. Es el canapé del dolido espíritu andaluz con el que Luciana Jury introduce sus Canciones brotadas de mi raíz y que funciona como credencial de identidad. Esta mujer con cara de gitanilla o de palestina (“atención productores de cine, miren este rostro”, se ríe), suerte de Rita Cortese de treinta y pico, está atravesada por sangre española y árabe, la misma de Leonardo Favio. La cantante es la hija del cineasta, guionista y artista plástico Jorge Zuhair Jury (“flor de Edipo… cómo no tenerlo: mi viejo es un genio”), hermano de Favio, y ha pasado años (años de terapia, también) tratando de esquivar semejante influjo.
Pero ocurre que no hay manera: este revelador Canciones brotadas de mi raíz es un viaje a su propia infancia, y esa infancia está marcada por madre y padre y, lateralmente, por el aura del tío. No sorprende entonces cuando Luciana dice “mi casa” y se refiere a la de sus padres, a la de su niñez. “En mi casa se refranea mucho, eso es muy español… El ancla artística está ahí, en lo de mis viejos. Los dos tocan la guitarra, los dos cantan, papá pinta… Estoy casada, tengo una nena de 11 meses y me mudé a un par de cuadras de ahí, siempre en mi querida Tortuguitas. Me gastan y dicen que no corté el cordón umbilical… Mi marido también es músico, tiene una banda de rock.”


¿Cómo te influyeron tu padre y Favio?
R: Mi familia es muy desbordada, muy pasional, muy… onírica. Pensá que mi viejo hizo la película El fantástico mundo de María Montiel, en 1978. Y bueno, yo estuve bastante presente en todo el proceso de filmación de Gatica… Pero no todo lo que han hecho los Jury me influyó. De Leonardo admiro su trabajo no sólo en cine, sino también en la canción. Me gusta su forma de encarar el laburo: la obsesión, la meticulosidad, el manejo de los tiempos. A él no le importa cuánto demora en terminar una obra. Sabe hacerse amigo de la espera. Y yo, salvando las distancias, me manejo igual. En cambio mi papá es más ansioso.

Si bien considera que éste es su debut solista, hace tres años editó junto al guitarrista Carlos Moscardini el disco Maldita huella. “Fui más que nada la cantante de su proyecto. Era la personalidad de Carlos la que se imponía, trabajamos como dos fueguitos separados, cada uno haciendo sus cosas. Aquí en varios temas toco la guitarra, y es una guitarra mucho más apaciguada, que simplemente acompaña la intención de la voz. La cuestión es bien diferente. Todo dependió de mí, yo fui la directora de mí misma. Este disco me representa de principio a fin. Se fue armando naturalmente, con tiempo de elaboración, de maceración y de madurez personal. Estuve atenta a cuáles eran las canciones que me llamaban. Creo que la resultante es un disco de amor, de situaciones de amor por las que suele atravesar una mujer.”

Canciones… es un disco extraordinario. Por repertorio y por gesto artístico. Jury se incorpora al lote de intérpretes que cantan sin red, que deconstruyen la canción hasta encontrar su esencia, que toman el cover como una nueva creación. La huella la ensanchó significativamente Liliana Herrero y su “canto fuera de quicio”, pero también habrá que anotar aquí las incursiones folclóricas de Roxana Amed junto a Adrián Iaies y a la notable intérprete entrerriana Marita Londra, entre otras. “Sí, me siento identificada con esas maneras, con esa forma de entregarse a la canción sin temor al error. Es decir, no me interesa cuidar temerosamente nota por nota… Es decir: ¡mucho más Bethania que Gal Costa!”
Bellezas del Chango Rodríguez (como ese monumento a la chacarera que es “Corazón santiagueño”), una cueca recopilada por Violeta Parra (“La mariposa”), piezas de Eduardo Falú (“Una pena nuevamente” y “Tragos de sombra”, con la misteriosa poesía de Jaime Dávalos), una ranchera que parece arrancada del corazón de Chavela Vargas (“Cuando regreses”, de Víctor Yunes), “Canción de lejos” de César Isella y Armando Tejada Gómez, algunos temas de máxima pureza folclórica como los anónimos “Quisiera que salga un tigre” y la tonada “Ayer cuando iba a la trilla” y un par de temas propios: “De a poquito quiero amarte” (“pero me sale a montones”, letra de Jury y música del guitarrista y coarreglador del disco Carlos Delgado) y “Cuando el amor se aproxima” (música de Jorge Zuhair Jury y letra de Luciana). El disco suena orgánico, conceptual en su diversidad estilística y propone un diálogo ejemplar con la tradición y la modernidad: hay una intención de partir desde el pasado hacia territorios inexplorados. “Me gusta escribir y componer. Con mi viejo tenemos mucha interacción artística: de hecho, la tapa del disco es un retrato que hicimos prácticamente juntos. Lo empecé yo, lo terminó él.”

¿Sos vos la del retrato?
No, ojalá…

¿Quién es?
Traté de hacer la cara de la voz.

¿La cara de la voz?
Sí.

Luciana dice que intenta no ser aplastada por el peso familiar. “Porque hay mucho mío propio también, todo lo que yo quiero ser como cantante. El disco me espeja a mí, no a los Jury. Y en ese sentido, también estoy indagando mucho en las obras anónimas, las que no pertenecen a nadie y pertenecen a todos.”


¿Qué buscabas cuando empezaste a concebir el disco?
Que lo que se escuche fuera verdadero, que mi voz fuera de verdad. Si logré eso, ya está. No tiene que haber un esfuerzo al cantar… Hay que intentar que exista el menor artificio posible. Que haya magia, esencia, corazón, misterio. No es fácil. Es lo que trato de inculcar a mis alumnos. La voz se debe mandar por lugares donde el pensamiento no entra.

¿Das clases?
Sí, en Tortuguitas.

¿Y qué es lo que enseñás?
En principio trato de ayudar a que la gente encuentre su verdadera voz. Generalmente vienen con una voz que no es la propia, sino un molde. Intento que alcancen el sonido que les corresponde, tanto para la voz hablada como para la voz cantada… Después se afina, pero primero tenés que encontrar tu voz. No es sencillo, hay que reconocerlo, autorizarlo… Algunos huyen despavoridos.

¿Se puede enseñar a afinar?
No, no se puede. Básicamente es algo innato. Igual no creo que sea tan importante. No se puede desafinar del inicio al fin porque es insoportable… pero está bueno desafinar cuando uno quiere desafinar.

Quizás esa actitud, ese soslayo intencional de cuestiones técnicas, vengan de la época de Claroscuro. Durante años Jury fue la vocalista de una banda de rock con ese nombre y en su firmamento habitaba una sola diosa: Janis Joplin. Pasó mucho tiempo para que se deslizara hacia otras formas de la música popular, aunque todavía no sabe bien qué es lo que está haciendo: “Yo no sé si hago folclore: finalmente son canciones de mi historia personal. Hay canciones chilenas, bolivianas… de todo. Mi vieja tiene ascendencia india. Es un menjunje. Al menos aspiro a resignificar el folclore, y apuntar a una música que no sea patrimonio de nadie. Fijate que hice rock, que es algo bien urbano… Yo estoy en el límite. Soy de Tortuguitas, ¡hago música conurbana!”

Habla de política y de la diferencia entre música popular y masiva, dice que va a defender el disco con uñas y dientes, “tocándolo en todos lados”, y reflexiona sobre los agujeros que provocó la dictadura y el menemismo. Vuelve a su padre. “Fijate, nadie lo considera. Es un gran escritor, un gran pintor. Es cierto que no le gusta la exposición y que está en el lugar que él quiere estar. Pero convengamos en que este país ha hecho bastante para borrar la identidad y no preocuparse por los artistas… Viene de hacer Piano mudo, una película sobre el año en que Miguel Ángel Estrella estuvo detenido en Uruguay. Pero yo creo que merece otro tipo de reconocimiento. Cuando lea esto me mata, porque tiene un perfil subterráneo. Pero bueno che, ¡es mi papá!”