El único espacio de libertad que existe es la música

En su tercer disco solista, la cantante refleja su necesidad de un espacio de soledad en la noche, tras varios años de madrugadas por el nacimiento de su hija. “Intento hacer un puente con el otro para que pueda ver quién soy. Y yo soy lo que canto”, afirma.

Por Cristian Vitale Para Página12

Luciana Jury pone pausa en medio de una tarde de sol. En eso –disfrute y pensamiento–, toma un mate bien amargo, levanta sus ojos negros y habla de voces, energías y cantoras. “Me gusta que se quiebren, que se rompan y que se vuelvan a armar. Que en las voces aparezcan grietas más que prolijidades”, (se) define ella. Después, guiará tal veredicto del alma hacia nombres y apellidos. Hablará de Janis Joplin, Liliana Herrero, Chavela Vargas, Violeta Parra o Nina Simone, pero por lo pronto menciona lo que ella misma canta en su maravilloso tercer disco solista, La madrugada, que estrenará en público este viernes a las 21 en el Teatro Margarita Xirgu (Chacabuco 875). “Me parece mucho más divertido ir creando a ciegas, porque me aburre saber cuál es el camino por el que voy y saber adónde voy a llegar… Me gusta caminar sin saber hacia dónde. La madrugada fue eso: un transcurrir”, vuelve a definir.

–¿Transcurrir en qué sentido, puntualmente?

–En el de verme un poco más grande y empezar a tener problemas de adultos. Hacerme responsable de cosas que nunca quise hacerme responsable, porque sentía que no era ése mi destino. Darme cuenta de que madrugar implica hacerse cargo de esos problemas y resolverlos, y que ésa era la única forma de recuperar el sueño, porque esos mismos problemas me quitaban el sueño.

–Habla de madrugar en sentido figurado, se intuye. Pero, ¿dónde está la madrugada en concreto? Porque el disco tiene un clímax que cierra filas con ese momento del día…

–En que, al cabo de toda una etapa de transcurrir la madrugada, me di cuenta de que necesitaba un espacio de soledad. Tengo una nena de 5 años y eso me cambió. De no tener responsabilidades, las madres pasan a tenerlas todo el día y se olvidan de la soledad. Pero como a mí no me puede pasar eso de ninguna manera, porque la soledad es mi gran compañera, necesité refugiarme en esas horas de nocturnidad para estar sola, para pensar, para perder el tiempo, para colgarme en Internet escuchando música o para encontrar respuestas a esas preguntas que me acechan todo el tiempo en la cabeza, y que no me estaban dejando dormir.

–Existencialista, la Jury…

–Soy profundamente existencialista, sí.

–Qué problema ése.

–O qué virtud (risas).
Un problema o una virtud de “ser existencial” que se traduce sutil –o explícitamente– en varias de las trece canciones que pueblan La madrugada. Canciones cuya voz de tensiones, bellezas y quiebres alcanza altas honduras climáticas en un canto campesino, español y anónimo como “De Esquileo”, en una bellísima tonada que la pinta entera por el lado de la soledad (“Tonada del cabrestero”, de Simón Díaz), en la desgarradora y tremendamente existencial “Quisiera amarte menos” (del tándem Canaro-Amadori), en el remanso sonoro que eyecta de la melodía de “Viejo estilo”, o en esa resaqueada chacarera del Chango Rodríguez llamada “Volviendo”. “Este disco es precisamente un documento sonoro de esos pasajes de nocturnidad que contaba, y que son las músicas que son parte de mi historia, de mi vida. La verdad es que no hago músicas que no conozca. Ultimamente, lo único nuevo que hice a ese nivel fue El veneno de los milagros, el disco con Gabo Ferro”, explica esta increíble cantora, guitarrista y compositora, que debe su sangre al guionista, pintor y músico Zuhair Jury, el hermano de Leonardo Favio.

–¿Le da el tiempo para revisar qué representó el disco de Gabo Ferro para usted o es muy temprano todavía?

–La verdad es que fue la música que más me importó en este tiempo y en esta región. Encontré en él un artista que me hizo vibrar.

–¿Tanto como las canciones de La madrugada?

–Sí, porque estas canciones son parte de los tesoros musicales que me han dado mis padres, lo que fui encontrando en la vida al conocer a Raffaella Carrà en mi infancia, por ejemplo, y todo lo que me provocaba y me sigue provocando. O el Chango Rodríguez… Son como duendes que siempre me acompañan en mi historia musical. Ellos y Violeta Parra, sí.

–¿Cuánto hay de juego en su voz y cuánto de catarsis? Porque de ahí salen cosas que tienen poco y nada que ver con una técnica vocal, más bien todo lo contrario: salen de las entrañas.

–Pienso que lo formal como molde está bien, pero después uno tiene que ser lo más libre posible. El juego es un canal para hacer catarsis… Me entretengo haciendo piruetas en el aire y está bueno que quien escucha se monte a esa montañita rusa para que vayamos juntos. Esto es algo que por ahí en la primera escucha no sucede porque, como mi voz es muy avasallante, te come: la rechazás, la vomitás. Intento fagocitarte en la primera escucha.

–¿Y en la segunda?

–Ahí empiezan a suceder otras cosas. Me pasa a mí cuando me escucho. La verdad es que hago las cosas para mantenerme entretenida en este plano, porque si no me vuelvo demasiado mental, empiezo a tomar conciencia de lo malo del hombre y me deprimo (risas). Volviendo a lo anterior, la verdad es que intento hacer un puente con el otro para que pueda ver quién soy. Y yo soy lo que canto.

–Qué es muchas cosas: una Janis Joplin de la pampa húmeda, por caso.

–(Risas.) Me recontra identifica Janis. Me identifican todas las cantantes que cantan visceralmente: Chavela, Nina Simone, Nacha Roldán… O Elza Soares, que es una cantante negra, brasileña, salida de las favelas, muy pobre y en cuya voz está el documento de todo lo mal que se está haciendo en la sociedad. Ella emerge de ese dolor y de esa injusticia, con esa voz. Y te canta las cuarenta, ¿eh? A mí me interesan esas voces. O que denuncien una realidad insostenible, que desnuden el corazón ante la advertencia del milagro de la vida o del milagro del amor. Ese es mi palo, es mi familia.

–¿Cómo incorpora a Raffaella Carrà en ese palo?

–Es mi infancia.

–Es hacerse cargo de ella.

–Y disfrutarlo. Como ve, físicamente no tengo ningún parecido con Rafaella Carrà (risas). Pero cuando llegó la tana acá, veía un lomazo, una rubia preciosa, y yo jamás iba a poder tener ese pelo. Quería bailar como ella, no sé. Más allá de que demostraba ser la frivolidad hollywoodense en forma italiana, algo que mis viejos se encargaron de mostrarme, nunca me importó demasiado. Lo que me gustaba era cómo ella exponía el cuerpo en un momento social en el que el cuerpo todavía estaba vedado. La mina venía con las bombachas caladas y metidas en el ojete, y eso era ¡guauuu! Yo no tenía esa información del cuerpo femenino. Además, esa vitalidad, esa inconciencia. Para colmo, después me di cuenta de que nació el mismo día que yo.
Luciana Jury nació el 18 de julio de 1974 y, pese a que canta y toca desde muy chica, grabó el primer disco a los 34 años. Fue junto al guitarrista Carlos Moscardini y se llamó Maldita Huella. Tres años después, en 2011, debutó sola con el formidable Canciones brotadas de mi raíz; luego llegaron En desmesura y El Veneno de los milagros (con Gabo Ferro), y ahora La madrugada que, entre sus alucinantes canciones, tiene a “Lola”, que no es la de los Kinks sino la del trío Ormi-Boncopagni-Escolar. “Esta canción fue un regalo para Mora, mi hija, que no va a tener hermanos porque tomé la determinación de que va a ser mi única hija. Soy hija única y sé la presión social que ello implica, porque todo el mundo se compadece cuando te ve como si te faltara un pedazo de alma… No sé, es muy difícil convivir con eso. Por eso le regalé esta canción que juega con Lola Mora, y su arte: le regalé esta música para que no se sienta sola”, cuenta la Jury.

–¿Y cuál es el sentido de la selección de “Pastelera a tus pasteles”, que es de Violeta Parra “pero no”?

–La historia amorosa de Violeta me interesa mucho, porque es el último empujoncito para pegarnos un corchazo y salir de este planeta. Digo, ahondar en esas profundidades era interesante, y me hice la cabeza, pero creo que ella hizo otra letra con esa misma melodía. Hay dos cuecas con la misma construcción melódica, pero con distintas letras. Esta tiene color anónimo, creo, y documenta eso de rendirse ante un amor que no merece tanto afecto. “Voy hacia eso, aunque me mate.” Todo eso significa “Pastelera a tus pasteles” para mí, y la canté con toda esa historia adentro.

–¿Por qué decidió abrir el disco con “Tonada del cabrestero”?

–Con esta canción me arrojo al paisaje que Simón Díaz pinta porque, al ser tan anónimo, o por lo menos con el color anónimo, uno se suelta con el paisaje que planta el autor. Quizá sea ese hombre, en este caso un cabrestero, que va puntero en la soledad. Que comienza el camino hacia ese horizonte solitario, hacia ese punto que lo espera para encontrarse con sus cabritas, para hacer contacto con la naturaleza, preguntarse por el problema de la luz y la sombra; para decir que tenemos un sol que nos ilumina, pero detrás de él hay una noche tremenda, un universo negro, y vivimos las dos cosas al mismo tiempo. La verdad es que es un tema precioso para abrir un disco porque se pregunta por el sol y la noche, por su existencia, por sus objetos… Es un camino de soledad absoluto el del puestero de cabras.

–“Me desprendes del suelo” lleva su firma. ¿En qué instancia lo compuso? Porque también está la pluma de Goyo Grasso.

–Goyo es mi compañero, el papá de Mora. En realidad, está mayormente compuesta por él, que pensó una melodía y pensó un estribillo que es el almita de la canción. Yo construí algunos versos a raíz de ese estribillo. Tuvimos una larga discusión acerca de este tema, hasta que recurrimos al juez Zuhair Jury y él dictaminó a favor mío.

–Hija de papá: poca imparcialidad.

–(Risas.) No crea, ¿eh? Para lo creativo, mi papá es sumamente objetivo. Incluso, me ha rebotado un montón de cosas que le he llevado: es tremendo. Obviamente que hay mucha transferencia, porque él me construyó artísticamente, de alguna manera. Pero los dos nos elegimos mutuamente para trabajar juntos, aunque en este disco no. Este disco lo hice más con Goyo que con mi viejo.

–Es el único tema en que metió mano. ¿Le cuesta componer?

–Me costaba muy poco cuando arranqué en plan banda de rock en 2003, con covers de Janis, Zeppelin, Spinetta y temas míos. Entonces componía con mayor libertad. Se ve que el espacio del rock, bueno, me era más fácil que la música de raíz. Igual, siento que mi música es la que más me conmueve, sea del género que sea. No voy a parar de girar hasta que me muera.

–Como un trompo hasta la muerte.

–Voy a divertirme, sí. La música es el único espacio de libertad que hay en este mundo y hay que vivirlo como cada uno quiera.

–Tiene tres discos solista y dos en yunta. ¿Cuáles son las diferencias entre “figurar” sola y acompañada en un disco?

–En principio, que siempre fue con uno más, solamente. Por lo general, fue por invitaciones y así es muy fácil trabajar. En la mayoría de los casos, trato de que haya una sola voz mandante, que por lo general es la de los dueños de las creaciones, y luego me arrojo a lo que ellos me propongan, porque los tomo como directores. Gabo fue como mi director, más allá de que yo haya puesto lo mío, y lo mismo con Carlos.

–Pero Moscardini es guitarrista y Ferro es cantor, como usted… En este caso, es como si jugaran dos 5 en un mismo equipo.

–(Risas.) Gabo plantó las canciones y yo lo perseguí en ese laberinto, armonizando para que no deje de tener mi personalidad. Con Carlos fue distinto, porque no toqué la guitarra, solo canté, y además era otro repertorio, otro tiempo. Yo recién arrancaba y Carlos fue como un maestro para mí… Siempre fui como una alumna 10, en ese sentido; pero después cuando suelto, suelto. Y ahí está la diferencia con los discos que hago sola.