Luciana Jury: “Nadie mira para atrás”

Con “Canciones brotadas de mi raíz”, la cantante ha confirmado la revelación que significó para el folclore y se propone bucear aún más en el pasado del cancionero tradicional argentino.

Por Diego Manso para Revista Ñ

Yo nunca me fui de mi lugar de infancia, entonces convivo con el paisaje de mis recuerdos”, dice Luciana Jury, cantante, vecina de Tortuguitas, 40 kilómetros al Norte de Buenos Aires, una voz que la música argentina esperó durante muchos años y que ahora, materializada en dos discos extraordinarios (el primero, Maldita huella, junto al guitarrista Carlos Moscardini y el más reciente Canciones brotadas de mi raíz ), quizás acabe convirtiéndose en punta de lanza del porvenir. Si no es así, debería serlo al menos para quienes necesiten consolarse de tanto griterío festivalero o romanticismo palurdo que las discográficas y radios FM han vendido bajo el rótulo de folclore durante las últimas dos décadas.
Porque Canciones…, el trabajo que presenta este fin de semana en el teatro SHA, parece bucear bien hondo y animarse a un repertorio que por poco transitado parece original. Es cierto, “Canción de lejos” (Armando Tejada Gómez y César Isella) fue una inmensa creación en la voz de Mercedes Sosa y “Yo no sé qué me han hecho tus ojos” un hito en Ada Falcón o entre las poquísimas grabaciones de Gardel con la orquesta de Francisco Canaro, pero en la tesitura de Luciana adquieren un brillo original, como si refrendaran la idea de que la apropiación de un material trajinado por los años es la única forma de ser moderno en un mundo que cambia a cada rato de parecer e inventa tendencias para un mercado que incluso se ha apropiado del marbete indie .
Luciana Jury, que nació en la década del 70 y tuvo su paso por el rock –en fin, una contingencia generacional que, por suerte, no pasó a mayores–, es hija del escritor y cineasta Zuhair Jury (su última película es El piano mudo , sobre el pianista tucumano Miguel Angel Estrella) y, por ende, sobrina de ese genio cimarrón que se llama Leonardo Favio. No supone esta genealogía un dato menor: para Luciana hablar de su padre es, en algún sentido, hablar de sí misma. En la figura de ese hombre ella parece encontrar buena parte de las razones que hoy la impulsan a ser quien es. En ese hombre y en el paisaje de su infancia, al que no añora porque jamás lo abandonó, pero al que evoca con una memoria que pareciera provista por la distancia… “Ser hija de un tipo muy especial te convierte en una hija muy especial”, dice.

¿Qué hacían juntos cuando eras chica?
Jugábamos a un juego que se llamaba “El lento Rodríguez, el de la sonrisa eterna”. Nosotros teníamos un gran parque en casa, entonces el tipo decía que era ‘El lento Rodríguez’ y caminaba lento, muy lento.
“Camino muy lento, pero algún día voy a llegar” , decía y sonreía. Yo me ponía como loca, muy nerviosa, porque sabía que por más que corriera en algún momento me iba a alcanzar. Corría, corría, corría alrededor de él hasta que, por fin, caía rendida a sus pies: el tipo me había ganado… ¿Cantaban?
Con él tocábamos mucho la guitarra. Con mi mamá también, porque ella canta muy lindo. Cantaban en reuniones los dos, competían un poco, a mi papá le daba bronca que mi mamá cantara…

¿Qué cantaban?
Mi repertorio actual. Casi todo mi repertorio actual. Este disco lo trabajé con mi viejo. Primero elegíamos las canciones, luego las arreglaba con mi guitarrista y después se las mostraba él, que me acotaba alguna cosa dramática, de estiramiento de notas… Mi viejo tiene un criterio estético que encaja muy bien con mi voz.

¿Por qué no grabaron juntos?
Yo tenía ganas, pero él es muy tímido, se pone muy nervioso en los estudios de grabación… Siento que tengo que hacer muchas cosas con él todavía: elegir otras canciones y trabajar la parte de composición, porque me gusta mucho como escribe.

¿Qué edad tiene tu viejo?
No sé muy bien cuántos años tiene, no hablamos de la edad nosotros.

¿Por qué?
No sé, simplemente no se habla. Somos como los gitanos, ¿viste que los gitanos no saben la edad que tienen?

¿Nunca intentaste zafar del influjo de tu viejo?
Lo que pasa es que no lo siento como una presión, no es algo que se me pone encima, como una capa, y siento que debo quitarme. Elijo hacer cosas con este hombre porque me gusta como labura.

Me da la sensación de que durante tu infancia tu viejo te inventó una realidad paralela, ¿es así?
Por supuesto. Pero no fue la mía una familia de marcianos, no es tan así, ¿eh?

No te digo eso.
Me lo estoy diciendo a mí misma. Mi familia tiene una particularidad, como deben tener una todas las familias… No tengo ningún conflicto entre la realidad de la calle y la de mi viejo, a pesar de que todo era distinto en mi casa.

¿Cómo es eso?
No teníamos mesa para comer, por ejemplo. Teníamos una mesita chiquita en la cocina y, por lo general, mi viejo comía solo y mi mamá y yo juntas. Todo era distinto a lo de los demás, que se reunían alrededor de la mesa a la hora de la cena. Será por eso que me elegí un marido que no tiene nada que ver con mi viejo, por ejemplo. Somos tan distintos con mi marido que siento que lo nuestro es para toda la vida. Y eso me hace muy feliz.

¿Qué sería distinto de tu padre?
Distinto en todo. Le gusta la música, pero el tipo labura, tiene su camionetita y hace viajes… Es un pibe de barrio, de una familia laburante… Nada que ver con mi viejo, que tiene su burbuja importante y ahora más que nunca: eligió vivir en un mundo a su forma, hizo la vida que quiso.

¿Qué te pasaba de niña cuando cantabas?
Era natural, medio como los gitanos que trabajan, van a la escuela y de pronto cantan, pero como una cosa más… Cuando era chica lo único que me gustaba era Raffaella Carrá. Quería tener el pelo como ella, lacio y amarillo, todo lo contrario a mi realidad. Me gustaba por esa fuerza que tenía: Raffaella era osada y aparecía muy en pelotas. Me subyugaba esa mujer tan bonita, con ese cuerpo ¡y mostrándolo tanto! Era mí ídola. Para mí caía sobre ella todo el polvo de estrellas del universo.

En esa época todos queríamos ser como Raffaella… Vos, en cambio, ¿no sentías que ibas a ser cantante?
No, para nada. Después vino toda la parte del secundario, que viví como en un mambo extraño: era muy inocente, estaba de novia… Siempre cantaba en mi casa o estudiaba guitarra, pero no sabía qué hacer de mi vida… Era la época de la música internacional, los lentos, Top gun , ese tipo de cosas muy superficiales. ¡Me encantaban los lentos! Por eso no sé qué concepto pueden tener del folclore los pibes que no contaban en su casa con un viejo que les cantara coplas o vidalas.

Es que para tu geneneración no surgió ningún artista folclórico de trascendencia y el resto estaba muy silenciado popularmente. Soledad Pastorutti recién apareció en los 90…
Y reventó…
Pero es una desgracia que para muchos pibes el folclore sea eso.
En ese sentido siempre trato de sacar algo positivo: por lo menos ahí se dijo “Atahualpa”, se nombró al indio, se hablaron de cosas importantes… Porque está re buena la chacarera esa, “A don Ata”.

¿Te parece?
Por lo menos le queda como una sonoridad a los pibes, ¿no? Lo único que digo es que hay que construir aquello que no se hizo en los años anteriores. No sé si yo sirvo para eso, pero es donde más me siento conmigo misma.

Contame, entonces, qué pasó cuando terminaste el secundario y no sabías qué hacer.
Un pariente no quería que fuese artista, quería salvarme. Me dijo: “si vos estudiás farmacia, yo te compro una y no tenés problemas nunca más”… Y ahí nomás me fui a hacer el ciclo básico de farmacia…

¿Tan fuerte era la opinión de ese pariente?
Duré un mes. Tenía física, química, esas materias. No entendía nada… Ese mismo pariente tenía mucha plata y cuando yo iba a su casa de visita, me decía: “tengo este reloj y tengo este”. Uno era un rólex y el otro uno de cuarzo. “El de cuarzo es de Cristo, el de oro es del Diablo, ¿cuál querés?” Y yo, con lágrimas en los ojos, elegía el de cuarzo, porque no quería que me cayese una maldición… Entonces… ¿qué te decía? Ah, sí, que un mes duré en el ciclo básico de farmacia, después empecé con psicología…

¿Cuál era el riesgo artístico que este pariente habrá visto en vos?
No sé, algo habrá visto en las reuniones, cuando cantaba para la familia. Me daba mucha vergüenza, porque tengo terror, cuando estoy cantando, de que alguien esté mirando para otro lado. Cuando canto necesito que el otro me escuche.

Imaginate si ahora fueses farmacéutica…
Se les transforma la cara a los farmacéuticos con los años, tienen un chip distinto al nuestro. Terminan convertidos en hombres frascos. La última agarrada que tuve fue con una farmacéutica… Así que iba rebotando de carrera en carrera: trabajo social, psicología, me frustré. Y me dice mi vieja, que es locutora y estaba trabajando en una radio de Tortuguitas, “venite a la radio, trabajás conmigo y después ves qué es lo que querés elegir”. Así me metí en el ISER, hice la carrera de locución y la terminé.

¿Y te gusta?
Sí, me gusta. Bah, la carrera es una pelotudez… A la locución después la apliqué en el canto. De tanto hablar de la boca, de la respiración, de los matices, de las formas… De eso aprendí mucho y pienso que en mi canto está puesto eso, en la forma de decir más que de cantar.

¿Tu papá te animaba para que cantaras?
Mi papá quería que fuese guitarrista. Guitarrista grossa .

¿Cuándo empezás a enganchar con la idea de cantar profesionalmente?
Después de estudiar guitarra hago un par de años en algunos conservatorios. Primero hice un taller de canto en el Rojas, con Daniel Di Pace, después técnica vocal con otras profesoras… No me gustaba como cantaban, pero tenían una técnica muy buena. Tenía que ser muy cuidadosa porque sentía una gran inseguridad conmigo y mi canto. Tengo como un costado disciplinado que me hace correr el riesgo de creer que eso es toda la verdad.

Así te hubieses podido convertir en una cantante súper técnica…
Claro, para el canto popular eso no existe. Hay que tener cuidado con el zarparse, con el engolosinarse con las sonoridades, con los rebotes…

¿Tenías miedo de convertirte en eso?
Tenía miedo de mostrarles mi verdadera manera de cantar y que me sacaran cagando… Hay lugares donde yo apoyo la garganta que técnicamente no son correctos… Ya no estoy cantando con la técnica sino con el alma, eso que los profesores de canto no comprenden… Entonces hay cosas que en clase tenés que escuchar y otras que no. Equilibrar que le dicen…

Los profesores de canto le han hecho mucho daño al canto popular.
Seguramente. Los profesores de canto hacen mucho daño. Punto. Bueno, eso es lo que a mí me parece y tiendo a creer que es “la verdad”.
La verdad de uno es “la verdad”, después los demás que digan la suya.
A mí me gustaba mucho Janis Joplin y los profesores de canto te hablaban pestes, que ella hacía todo eso que no había que hacer. Pero si yo no la hubiese escuchado a ella, tampoco hubiese cantado como canto. Tuve una banda de rock en el año 2005 y me sirvió mucho para volver a tomar la música popular.

¿Por qué?
Porque las formas del folclore son muy rígidas, rigurosas, y yo estaba muy aprisionada en ellas. Me sirvió pasarme un par de años cantando covers de Led Zeppelin, de Janis Joplin, haciendo temas de Spinetta. La pasé muy bien y me pude soltar, me pude poner encima esa Raffaella vigorosa que necesitaba salir de mí.

¿Y cuándo empezás profesionalmente con el folclore?
Cuando corto con la banda de rock. Yo ya había conocido a Carlos Delgado, que es el flaco que me acompaña en este disco, a través de mi pareja. El es músico de la banda de mi marido, Cenizas del alba. Un día hicimos un viaje al Norte y estaba Carlos y ahí, boludeando en las carpas, nos pusimos a tocar. Nos hicimos amigos y cuando volvimos a Buenos Aires grabamos un disco casero con composiciones del Cuchi Leguizamón, de Jaime Dávalos, de Raúl Carnota. Nos volvimos al Norte, vendimos el disco y lo tocamos en las plazas. La pasamos bomba. Pero la primera vez que me sentí cantora fue con el rock , en un concurso en Brandsen, donde toqué en un escenario que se parecía a un teatro. Me gustaba la altura, la tarima, la madera, la cortina. ¡Mirá qué vanidosa, era el escenario nomás lo que necesitaba!

Pero en el viaje al Norte descubrís que lo tuyo es el folclore…
Es la música que me tomo más en serio, con la que no se jode. Ahí tengo que ponerme seriamente a trabajar para encontrarme en estos lugares míos tan internos. El folclore o la música de raíz es la que más me conmueve. Me pasa por lugares muy míos, muy profundos, muy esenciales.

¿Y además de Janis Joplin qué cantantes te marcaron?
Violeta Parra… Lo poco que he escuchado de Nacha Roldán; para mí es la cantora, ¿viste? No hay mucho material de ella dando vueltas, pero la mina tiene, además de una afinación perfecta, unos matices, un color, una feminidad, una mansedumbre… Para mí es muy grossa Nacha… Chavela Vargas, Tita Merello y últimamente Lhasa de Sela, Concha Buika, Martirio… En mi casa escuchábamos más folclore latinoamericano, y de la Argentina más lo cuyano, porque mis viejos son de allá. Hay un montón de músicas y de intérpretes y de movimientos que me perdí, que me debo haber perdido. Las canciones que canto son aquellas que hubiese elegido de todas formas, aun sin saber que eran folclore y que pertenecían a una época determinada.
Carlos Moscardini es uno de los grandes guitarristas de este país y vos grabaste tu primer disco con él, “Maldita huella”

¿cómo fue ese encuentro?
Lo conocí a Carlos en una peña, se acercó a mí y estaba muy conmovido. A los nueve meses me llamó para hacer una participación en el disco que él estaba preparando, para cantar una chacarera… Al final terminamos haciendo todo el disco juntos. Ahí él empezó a extraer de su arconcito las canciones que tenía guardadas hacía tiempo, para que las cantara yo. Me dijo que nadie que no fuese yo hubiese podido cantarlas…

Después de tu segundo disco, ¿cómo querés seguir?
Me gustaría armar algo con canciones anónimas que mi viejo conoce, que recopiló de alguna manera, que le llegaron a su oído y no se olvidó nunca más. Tengo que investigarlo a él. Me tiene que ir transmitiendo. Me gustaría buscar hacia atrás, ir bien atrás. Nadie mira para atrás, ¿viste?, todo necesita ser moderno, nuevo… La gente no sabe qué es un estilo, qué es una tonada canción, qué es un triunfo, qué es un yaraví. Yo tampoco me quiero poner en catedrática, porque no soy nada. Pero si puedo ayudar para que esas músicas tan viejas lleguen al oído de un flaco al que le cayó la ficha porque le gustó la tapa del disco, yo me doy por satisfecha.

¿Cuál sentís que es tu público?
Mucha gente grande, mucho gay…

¿Sí?
Sí, sí. Es que yo me siento que no tengo identidad sexual.

¿Cómo que no tenés identidad sexual?
Es que si me enamoro no me importa quién sea.

Qué suerte que tenés.
Entonces el público gay debe entender un emparentamiento. Debe haber algo en la cosa dramática… Yo sé que tengo mucha lastimadura en la voz, pero no soy así en la vida.

¿Qué es para vos cantar, entonces?
Nunca me pongo a pensar en eso, no sé como lo hago. Ser cantora es maravilloso, pero no es más maravilloso que el que escribe, que el que hace una obra en cerámica… Es un fluir. En el canto el cuerpo es toda la voz. Hay notas que si vos hacés de determinada manera, con un trabajo de percepción importante previo, sentís que te vibra la planta del pie. Hay que darle bola al cuerpo. Al principio era bastante autodidacta, por eso a mí me vino muy bien estudiar y después dar clases: dando clases aprendí bocha. Más que en el canto creo en la gran pregunta, en la no respuesta, en el misterio. La vida es maravillosa, tremendamente injusta y horrible, pero hay que construir porque, después de todo, nos vamos a morir.

¿Y qué dijo el pariente que quería que fueses farmacéutica?
Está contento, muy contento. Le gusta mucho lo que hago. Eso sí, la próxima vez que me ofrezca un reloj voy a agarrar el rólex, aunque sea del Diablo.