Si no canto lo que siento

Empezó a cantar hace pocos años y ahora no quiere parar hasta conocer todos los misterios de la canción popular. Desde su debut solista en 2011 pareció inclinarse hacia el folklore, pero Luciana Jury se niega a los encasillamientos. Y ahora acaba de unir fuerzas con Gabo Ferro para el disco El veneno de los milagros, canciones escritas especialmente para su intensa voz.

Por Mariano del Mazo para Página 12

jury-si-no-cantoHija del escritor Zuhair Jury, sobrina de Leonardo Favio, escucharla es una experiencia fuerte donde se revela como heredera de cantantes desbordantes como Chavela Vargas, Liliana Herrero o incluso Janis Joplin.
Es rara Luciana Jury. Canta con una intensidad que hasta puede incomodar y ese canto, esa cara, se corresponde con su traza de gitana de rasgos fuertes, casi de estereotipo. Escucharla es una experiencia nada inocua: en vivo cierra los ojos, muerde las palabras, las estira en fraseos que son como un largo y sinuoso lamento. Todo suena a llaga, herida subrayada. Jury pertenece a la raza de Chavela Vargas, Joplin, Buika, esa clase desbordante en la que la autenticidad de origen puede degenerar en afectación de estilo. Jury carece de artificios, y si los tiene están disueltos en su propuesta de verdad total. Es como una ciega a tientas siempre a punto de caerse de su voz. Pero no cae y, seguramente, no anda a tientas. Ya dejó de ser la novedad y disco a disco perfecciona sus intenciones: lejos está de atemperarse, más bien lo contrario. Como si no hubiera jugado fuerte con En desmesura, su álbum con mayoría de piezas anónimas en las que rascó la olla hasta llegar al núcleo inmaculado del folklore, ahora sacó un trabajo compartido con otro barrabrava de la canción: Gabo Ferro. Gabo y Jury se escudriñaban como dos barcos que se mandan señales en la noche del océano, hasta que en julio de 2012 chocaron en un concierto de Lisandro Aristimuño y empezaron a hablar, sin saberlo, de este disco, El veneno de los milagros: once canciones marca Ferro, voces y guitarras de fogón existencial.

Pero antes del encuentro –encuentro proteico: prometen más y más discos– hay una historia que sirve para contextualizar a la Jury. La historia es familiar, se remonta a árabes sin patria, se nutre de cierta bohemia y hace que en el barrio, todavía hoy, la señalen: “Mirá, ahí va la que come en el suelo”. Jury ríe: “Es una leyenda, no es tan así. Lo que pasa es que mi padre come en una mesa muy chiquita y baja. Los árabes comen bajito. Cuando yo me fui a mi casa propia compré una mesa como la gente”. El barrio es Tortuguitas, la casa queda a seis cuadras de la estación y pertenecía a su abuela, Laura Favio, una mujer clave en la familia, escritora de radioteatros y tremenda influencia para sus hijos Leonardo y Zuhair. Tal vez el personaje más decisivo en el pulso artístico del clan, que tiene que ver con el realismo trágico y mágico de Zuhair, el desgarro “en desmesura” de Luciana y todo lo que sabemos de Favio. “Mi tío tomó hasta el apellido artístico de la abuela, y mi viejo la adoraba. Fue muy importante para todos, yo me mudé a la casa donde ella se instaló cuando vino de Mendoza, y me hice cargo de un montón de papeles que aparecieron, cuadernos increíbles en los que mezclaba recetas de cocina con poemas y reflexiones.”

¿Era tan buena como tantas veces dijo Leonardo Favio?

–Escribía de puta madre.
MALDITA HUELLA

En esa casa de Tortuguitas Luciana Jury vive con su marido Goyo, músico, y su hija de cuatro años, Mora. Dice que trata de perder el miedo y ganar la vereda. “Me rebelo contra la inseguridad. Saco el banquito y me pongo a tomar mate. Es un barrio precioso, de peones, con casitas sencillas. Y estoy a una cuadra y media de mi viejo. Me gusta la calle: me acuerdo cuando yo era chica, que el fin de año se festejaba en la vereda, como si fuera el patio de todos. Hay que recuperarla.”

Su padre Zuhair –escritor, poeta, director de cine, guionista de muchas de las películas de Leonardo Favio– orilla los 80 y todavía monta en pelo en las cuadreras de la zona. Tiene una presencia total en el discurso de su hija. Luciana Jury se refiere a él con una reverencia contenida, un Edipo campero que mezcla fascinación y orgullo. “Me enseñó mucho. Con el ejemplo, no bajándome línea. Una vez me dijo algo que me quedó grabado. Me dijo: ‘Lo mejor es poder pensar como mujer y como hombre’. Y me parece muy piola eso. Me hizo reflexionar. Mi abuela también era así, de hecho se puso Laura Favio, un nombre femenino pegado a uno masculino.”

¿Qué reflexionaste?

–Pensé en los mandatos sociales, en la ambigüedad, en la represión sexual. A mí me parece natural la bisexualidad. No tengo ningún rollo ahí. Hay como una idea de que es una posición perversa, ¡y todo lo contrario! Uno se enamora y después aparece el género, creo yo.

Va mucho público gay a tus conciertos…

–Es cierto.

Fue adolescente en los años ’90 y anduvo perdida en lo que dice que fue una época muy frívola en su vida. “Era una chica superficial. No tenía una gran actitud, lo único que me interesaba era divertirme. Cuando terminé el secundario no sabía qué hacer.” Probó con Farmacia, abandonó; se anotó en la Facultad de Psicología, y se dio cuenta de que le interesaba más hacer terapia que estudiar en la universidad; intentó ser trabajadora social… Finalmente, como su madre tenía un programa en una radio de Tortuguitas, se inscribió en el ISER y se recibió de locutora. Ahora imposta la voz, como en una publicidad: “¿Hay algo más artificial que la voz de los locutores?”, se ríe. La locución es exactamente lo opuesto a sus criterios artísticos. Cuando advirtió que el desafío era encontrar su voz propia, se le fueron años en el intento. Integró grupos de rock y se fue acomodando donde la iba dejando el destino. “El rock me sirvió como actitud, como forma de tomar la música con libertad. Pero no es mi lenguaje.”

¿Cuál es tu lenguaje?

–Una mezcla. En mi casa se escuchaba música del tiempo del jopo, pero salís a caminar por Tortuguitas o por cualquier barrio del conurbano y de las ventanas de las casas sale cumbia. Y está el rock también. Soy todo eso, y no soy nada. Hasta que decidí tomar el canto como una cuestión de identidad. Yo tengo dos defectos: soy vergonzosa y soy autoexigente. Necesité vivir mucho para cantar y no sentir que me desnudaba. Hasta que lo logré y con algunas canciones, algunas interpretaciones, empecé a escuchar una vibración muy íntima, que te conecta con lo espiritual. Lo sentís en todos lados: en la voz, que es el canal, pero también en la panza, en la cabeza.
DE MI RAíZ

En 2008 Jury sacó un disco compartido con el guitarrista Carlos Moscardini titulado Maldita huella. Pero recién en 2011, con Canciones brotadas de mi raíz, logró –dice– lo que quería. “Me costó parirlo, pero pienso que no fue en vano haber esperado. Para mí es un disco cimiento. En desmesura, de 2013, es bien diferente. Vino tras una urgencia personal de pegar un grito. Un grito de conmoción ante la muerte.” Jury refiere a la muerte de Leonardo Favio, ocurrida el 5 de noviembre de 2012. Quedó en estado de shock y de repente, como suele ocurrir, se percató de cuánto lo quería. “Para mí era mi tío, no Favio. Era el tío piola, el tipo que me esperaba disfrazado de mujer, que me llevaba de la mano por la calle. No era el ídolo popular, era el que tomaba mate conmigo. Con su muerte me di cuenta de que el tiempo y el amor son los únicos elementos que tenemos en este plano y que debemos hacer arte de cada instante vivido. En desmesura está marcado por mi tío, y también por mi padre, el bendito que me trasmitió esas músicas anónimas. El disco también está mechado por joyas contemporáneas de autores con nombre y apellido: de Violeta e Isabel Parra, de Luis Alberto Spinetta y de Gabo Ferro. Para mí ellos son parientes de lo anónimo, por la universalidad de sus creaciones.”

En aquel disco hizo “Tu amor es como el hambre”, de Gabo, y una extraordinaria versión de “Post Cruxifiction” de Pescado Rabioso (Luis Alberto Spinetta y Carlos Cutaia), un cover en el que –para empezar– rebanó la médula de la canción: ese riff zeppeliano inolvidable compuesto por Cutaia. Después le dio una rítmica de 6 x 8, que la trasformó en una especie de canción peruana. La letra tiene calce profundo en el campo magnético Jury: “Abrázame, madre del dolor/ nunca estuve tan sola, en este mundo”.
EL MILAGRO DE LOS VENENOS

Aquel tema de Gabo fue el canapé de lo que vendría. El encuentro con Ferro le sirvió para despejarse y para profundizar la maldita huella. ¿Qué se podía hacer después de un disco con mayoría de canciones anónimas, esa sublimación de cualquier atisbo de ego, casi una decisión zen que en el folklore argentino representa el ideal de Yupanqui, el canto del viento? Gabo Ferro fue un atajo, y más: un camino posible de cara al futuro. Cuenta Gabo: “Cuando la escuché por primera vez algo me resonó en el cuerpo inmediatamente. Algo propio que reconocía y desconocía al mismo tiempo. Sentí que había algo en el origen de su manera de interpretar que nos era común. Más que conocerla, la reconocí. Ella me hace el regalo de interpretar canciones mías, de reescribirlas en el aire con su interpretación. Las de El veneno de los milagros están escritas para ella, para su voz, para su cuerpo, para su modo de traer a este mundo esas cosas que sólo intérpretes de su tamaño pueden traer”.

“Gabo es una luz”, completa Jury. “Tiene todas las palabras que yo no tengo. Me siento muy afín a él. No trabaja para el confort, trabaja para meterse en las zonas ocultas. Somos almas gemelas, siento familiaridad cuando lo escucho. Me acuerdo de que se fue un día a la costa, creo que a Mar de las Pampas, se instaló en medio del bosque, y vino con estas canciones. Yo no lo podía creer.”

Luciana Jury está expectante. No es ni una Liliana Herrero punk ni una turista del folklore. La mueve, parece, un ideal. Entre lo individual y lo colectivo, quiere hundirse en los misterios de la canción popular y no sabe cómo, pero sabe que ése es su destino. “No me voy a quedar anclada en ningún género. Voy a estar atenta. Decidí relativamente tarde dedicarme a cantar. No sé qué estaba esperando. ¡Creo que yo me estaba esperando! Ahora que me encontré no quiero parar.”

ALMAS GEMELAS
almas gemelas“Me bebo la botella/dejo el agua en el aire/flotando en equilibrio estoy sin luz/sin cruz, sin eje, sin ley, peso ni carne.” El precioso valsesito “Sin ley, peso ni carne” es uno de los temas de El veneno de los milagros, el disco que firman Luciana Jury y Gabo Ferro. Se puede decir que Gabo encontró la intérprete exacta para sus canciones, pero sería falso: el intérprete exacto de las canciones de Gabo es el propio Gabo, un cantor intrépido, que surfea el barroco, la juglaría y cuya trayectoria traza un arco que va del hardcore de Porco a músicas experimentales. Su obra es una cosmogonía irreverente y culta que trata temas con una originalidad notable. Las fatigadas tensiones del amor de pareja tienen, en Gabo, uno de los autores más libres, provocativos y sensibles de la música popular argentina. A esa cosmogonía montó Luciana Jury. Con autoridad y sintonía (“Somos dos almas gemelas”, dice en la nota), Jury ilumina la música de Gabo y se apropia de las canciones con naturalidad. Tienen mucho que ver entre sí. Hay una espesura que los ata, los mortifica y asimismo los libera. Utilizan la emoción como si fueran cachetazos, y no temen desagradar: la “no belleza”, como dice Gabo, es uno de los mayores logros de El veneno de los milagros.